Psicología
Personas nacidas en los años 60 y 70: por qué aprendieron a ser más independientes según la psicología
El juego libre, la menor supervisión de los adultos y la necesidad de resolver pequeños problemas por sí mismos pudieron favorecer el desarrollo de la autonomía y la autorregulación
Las personas que nacieron y crecieron durante las décadas de 1960 y 1970 vivieron una infancia muy diferente a la de muchos niños de hoy. Pasaban más tiempo jugando al aire libre, tenían mayor libertad para explorar y, en muchas ocasiones, debían resolver pequeños conflictos y problemas sin la intervención inmediata de los adultos.
Esto no significa que toda una generación sea necesariamente más fuerte, resiliente o independiente que las posteriores. Sin embargo, desde la psicología sí resulta interesante analizar cómo determinadas experiencias durante la infancia pueden influir en habilidades como la autonomía, la toma de decisiones y la autorregulación emocional.
El juego libre como escuela de autonomía
Uno de los elementos que puede explicar estas diferencias es el denominado juego libre.
Se trata de una actividad espontánea en la que los niños deciden qué quieren hacer, con quién jugar y cómo organizar el juego, sin que un adulto esté supervisando o dirigiendo constantemente cada paso.
Durante los años 60 y 70 era habitual que muchos niños pasaran buena parte de su tiempo libre en la calle, en parques o en espacios comunes del barrio. Allí tenían que ponerse de acuerdo con otros niños, solucionar discusiones, inventar juegos y afrontar pequeñas frustraciones.
Todas esas situaciones podían convertirse, sin que ellos fueran conscientes, en oportunidades para aprender a tomar decisiones y buscar soluciones por sí mismos.
La autorregulación se aprende desde la infancia
La autorregulación es la capacidad de gestionar las emociones, los impulsos y los comportamientos y adaptarlos a las circunstancias.
Cuando un niño juega libremente, tiene que tomar decisiones continuamente: qué hacer cuando pierde, cómo reaccionar ante un conflicto, cómo esperar su turno o qué hacer cuando algo no sale como esperaba.
Un estudio publicado en 2022, realizado con 2.213 niños australianos, encontró una relación entre las actividades de juego libre durante los primeros años de vida y mejores capacidades de autorregulación.
Esto no demuestra que el juego libre sea la única causa de una mayor autonomía, pero sí refuerza la importancia que pueden tener las experiencias cotidianas durante el desarrollo infantil.
Aprender a equivocarse también forma parte del aprendizaje
Otra característica de aquella infancia era la posibilidad de experimentar con una menor supervisión adulta.
Subir a un árbol, montar en bicicleta, correr, saltar o explorar lugares desconocidos implicaba asumir pequeños riesgos. Evidentemente, eso no significa que cualquier situación peligrosa sea beneficiosa para un niño, pero la posibilidad de experimentar de forma segura permite aprender a valorar consecuencias y tomar decisiones.
Una revisión publicada en 2015 por Mariana Brussoni y otros investigadores analizó precisamente los posibles beneficios del denominado juego de riesgo.
Los investigadores encontraron asociaciones con aspectos positivos relacionados con la actividad física y determinadas habilidades sociales y del desarrollo.
Una infancia con menos tecnología y más interacción cara a cara
También hay que tener en cuenta el contexto social.
Los niños de aquellas décadas no crecieron rodeados de teléfonos móviles, redes sociales, videojuegos online o supervisión digital permanente. Gran parte de sus relaciones sociales se desarrollaban cara a cara.
Esto les obligaba a negociar constantemente con otras personas: decidir a qué jugar, establecer reglas, resolver discusiones o encontrar alternativas cuando surgía un problema.
Eran pequeñas situaciones cotidianas que podían contribuir al desarrollo de habilidades sociales y de resolución de conflictos.
¿Eran realmente más independientes?
No necesariamente.
La idea de que quienes nacieron en los años 60 y 70 son una generación "más fuerte" debe tomarse con cierta cautela. La personalidad y la capacidad de afrontar problemas dependen de muchos factores, entre ellos la educación recibida, el entorno familiar, las experiencias personales, las condiciones económicas y sociales y las características individuales.
Lo que sí parece razonable afirmar es que determinados hábitos habituales durante aquella infancia —como el juego libre, la exploración, la interacción presencial y una menor intervención adulta— proporcionaban numerosas oportunidades para practicar la autonomía.
Y muchas de esas habilidades pueden seguir siendo importantes independientemente de la generación a la que pertenezcamos.
La lección que podemos recuperar hoy
Más que comparar unas generaciones con otras, la psicología permite extraer una enseñanza interesante: los niños necesitan oportunidades para tomar decisiones, equivocarse, afrontar pequeñas frustraciones y encontrar sus propias soluciones.
La protección de los adultos es fundamental, pero proteger no significa necesariamente resolver todos los problemas.
En ocasiones, permitir que un niño intente solucionar por sí mismo un pequeño conflicto puede ser mucho más educativo que ofrecerle inmediatamente la respuesta.
Porque la independencia no aparece de repente cuando llegamos a la edad adulta. Se construye poco a poco durante la infancia, precisamente en esas pequeñas situaciones en las que aprendemos que somos capaces de resolver las cosas por nosotros mismos.