Pediatría
Carlos González, pediatra: por qué los niños protestan cuando les ponemos límites
«Solo los padres somos capaces de algo tan absurdo como esperar que los niños nos obedezcan sin protestar»
La crianza está llena de momentos felices, pero también de situaciones que pueden poner a prueba la paciencia de cualquier madre o padre. Las pataletas, los enfados, los lloros y las protestas infantiles forman parte habitual del día a día durante determinadas etapas del desarrollo.
Cuando un niño recibe un «no», es frecuente que no acepte la respuesta tranquilamente. Puede llorar, insistir, negociar, gritar o intentar conseguir aquello que quiere de diferentes maneras.
En LlaveTV puedes encontrar contenidos especializados sobre estas cuestiones en el canal Pediatría: canales, vídeos y artículos | LlaveTV.
Este espacio reúne contenidos relacionados con la salud infantil y puede servir como punto de partida para las familias que buscan información sobre diferentes aspectos de la infancia y la adolescencia.
Como siempre, los contenidos divulgativos no sustituyen la valoración personalizada de un pediatra u otro profesional sanitario.
Para el pediatra Carlos González, esperar que los niños acepten siempre los límites sin protestar supone exigirles una respuesta que todavía no corresponde a su capacidad para gestionar la frustración.
La cuestión, por tanto, no sería únicamente conseguir que el niño obedezca, sino comprender qué hay detrás de su reacción y cómo pueden los adultos acompañar esas emociones.
Las rabietas forman parte del crecimiento infantil
Los enfados infantiles pueden resultar difíciles para las familias, especialmente cuando se producen repetidamente o en situaciones cotidianas.
Sin embargo, el artículo de referencia plantea que una pataleta no significa necesariamente que los padres estén haciendo algo mal.
Los niños todavía están desarrollando sus capacidades emocionales y aprendiendo a afrontar situaciones que no coinciden con sus deseos.
Por eso, cuando un adulto establece un límite, la primera reacción puede ser el rechazo.
Un niño puede responder con:
- Llanto.
- Gritos.
- Protestas.
- Quejas.
- Insistencia.
- Intentos de negociación.
- Enfado.
- Rechazo del límite establecido.
Estas respuestas pueden ser diferentes dependiendo de la edad y de las características de cada niño.
¿Por qué los niños protestan cuando reciben un «no»?
Cuando un adulto dice que algo no puede hacerse, el niño puede intentar cambiar la decisión.
Desde su perspectiva, insistir tiene sentido: quiere conseguir aquello que desea.
Por eso puede probar diferentes estrategias. Primero puede preguntar, después insistir y, si no obtiene el resultado esperado, recurrir al llanto o al enfado.
No necesariamente está buscando desafiar a sus padres de manera consciente. En muchos casos, simplemente está expresando que no está de acuerdo con una situación que no puede cambiar.
Carlos González plantea precisamente esta cuestión al explicar que los adultos también tienen derecho a protestar cuando algo les parece injusto o desagradable.
Carlos González y su particular visión de la crianza
Carlos González es doctor en Pediatría y autor de varios libros relacionados con la crianza, la salud infantil y la educación de los hijos.
Su manera de abordar determinados aspectos de la relación entre padres e hijos se ha convertido en una referencia para numerosas familias.
En una intervención en el Podcast de Endor, presentado por Crisol Tuà, el pediatra reflexionó sobre las expectativas que los adultos pueden tener respecto al comportamiento infantil.
Uno de los ejemplos utilizados sirve para ilustrar una situación muy cotidiana: un padre establece un límite y espera que su hijo lo acepte inmediatamente, incluso dando las gracias por la decisión.
Sin embargo, como explica González, esa reacción no suele corresponderse con la realidad de un niño pequeño.
«Solo los padres esperamos que obedezcan sin protestar»
El pediatra utiliza el concepto del derecho al pataleo para explicar esta diferencia entre adultos y niños.
Cuando a un adulto le ocurre algo que considera injusto o que no le gusta, socialmente se acepta que pueda quejarse.
Puede expresar su enfado, protestar o manifestar su desacuerdo.
Sin embargo, cuando un niño pequeño hace algo parecido, la reacción de los adultos puede ser muy diferente.
El niño puede ser considerado desobediente, tener un problema de conducta o ser acusado de no saber aceptar los límites.
La reflexión de Carlos González parte de una pregunta sencilla: si los adultos tienen derecho a protestar, ¿por qué esperamos que un niño pequeño acepte un límite sin expresar su desacuerdo?
El ejemplo de los caramelos
Uno de los ejemplos utilizados por el pediatra está relacionado con los dulces.
Imaginemos que un niño pide un caramelo y su padre le responde que no porque considera que no es conveniente para sus dientes.
La expectativa de un adulto podría ser que el niño comprenda inmediatamente la explicación y responda agradeciendo la preocupación por su salud.
Pero, como señala González, lo más habitual es que la respuesta sea una protesta.
El niño puede contestar con un «jo», insistir o intentar negociar.
La idea fundamental del ejemplo es que comprender una explicación no implica necesariamente aceptar la decisión sin expresar frustración.
La capacidad de gestionar la frustración se desarrolla con el tiempo
Una de las cuestiones fundamentales en la crianza es comprender que un niño pequeño no dispone necesariamente de las mismas herramientas emocionales que un adulto.
Ante una prohibición o un límite, puede experimentar una emoción intensa sin saber todavía cómo expresarla de una forma que los adultos consideren adecuada.
De ahí que el llanto, la queja o la pataleta puedan aparecer como formas de exteriorizar el malestar.
Esto no significa que cualquier comportamiento deba aceptarse sin límites.
Los padres siguen teniendo la responsabilidad de establecer normas y proteger a sus hijos.
Pero establecer un límite y permitir que el niño se enfade por ese límite son situaciones que pueden coexistir.
Poner límites no significa eliminar las protestas
Una de las ideas que se desprenden del planteamiento de Carlos González es que los límites y las emociones infantiles no tienen por qué ser incompatibles.
Un adulto puede mantener una decisión aunque el niño proteste.
Por ejemplo:
«No puedes comer otro caramelo ahora».
El niño puede responder:
«¡Pero yo quiero otro!»
El hecho de que proteste no significa necesariamente que el límite haya dejado de existir.
El adulto puede mantener su decisión mientras reconoce que el niño está enfadado.
De esta forma, la protesta no tiene por qué convertirse automáticamente en una batalla para demostrar quién tiene razón.
¿Qué puede aprender un niño de estas situaciones?
Las situaciones cotidianas en las que aparecen límites forman parte del aprendizaje.
Los niños pueden ir descubriendo progresivamente que:
- No siempre pueden conseguir lo que quieren.
- Los demás también tienen necesidades y límites.
- Algunas decisiones de los adultos no se pueden modificar.
- Es posible estar enfadado y continuar acompañado.
- La frustración forma parte de la vida cotidiana.
- Las emociones pueden expresarse de diferentes maneras.
Este aprendizaje no ocurre de un día para otro.
La maduración emocional es un proceso progresivo y cada niño puede evolucionar a un ritmo diferente.
El «derecho al pataleo» también puede aplicarse a la infancia
La comparación utilizada por Carlos González resulta especialmente interesante porque traslada una situación cotidiana de los adultos al mundo infantil.
Si un adulto recibe una noticia que no le gusta, pierde una discusión o se encuentra con una decisión que considera injusta, es normal que pueda expresar su malestar.
Puede decir que está enfadado, quejarse o manifestar su desacuerdo.
En cambio, en los niños esa misma reacción puede interpretarse rápidamente como una conducta problemática.
La pregunta que plantea el pediatra es precisamente si estamos exigiendo a los más pequeños un nivel de aceptación y autocontrol que no esperamos necesariamente de los adultos.
Criar no significa conseguir que los niños estén siempre de acuerdo
Una de las expectativas que pueden generar más frustración en las familias es pensar que una buena crianza debería conseguir que los hijos acepten siempre las decisiones de los padres.
Pero una relación familiar no implica que todos estén de acuerdo en todo momento.
Los niños pueden enfadarse.
Pueden protestar.
Pueden decir que no les gusta una decisión.
Pueden intentar negociar.
Y pueden incluso insistir repetidamente.
Lo importante es diferenciar entre la emoción que expresa el niño y los límites que corresponden al adulto establecer.
La importancia de comprender las emociones infantiles
Comprender una rabieta no significa necesariamente ceder ante ella.
Tampoco significa eliminar todas las normas.
Significa intentar interpretar qué está expresando el niño y recordar que todavía está desarrollando sus capacidades para gestionar la frustración.
Desde esta perspectiva, el adulto puede mantener el límite y, al mismo tiempo, reconocer el enfado.
Por ejemplo:
«Sé que estás enfadado porque querías el caramelo, pero hoy no vas a tomar otro».
El límite continúa siendo el mismo, pero el niño recibe también el mensaje de que su emoción puede ser escuchada.
Padres, límites y expectativas realistas
La crianza puede resultar especialmente agotadora cuando los adultos esperan que los hijos reaccionen siempre de manera racional.
Un niño pequeño no tiene por qué responder como un adulto.
Su capacidad de comprensión, comunicación y regulación emocional está en desarrollo.
Por eso, ajustar las expectativas a la edad del niño puede ayudar a interpretar de otra manera determinados conflictos cotidianos.
El objetivo no tiene por qué ser conseguir que el niño deje de protestar inmediatamente, sino acompañarlo mientras aprende progresivamente a manejar esas situaciones.
Pediatría y crianza: más información para las familias
La crianza plantea numerosas dudas a las familias: alimentación, sueño, desarrollo, comportamiento, emociones, enfermedades infantiles y establecimiento de límites son solo algunas de ellas.
Psicología infantil y gestión de las emociones
La crianza también está estrechamente relacionada con la comprensión de las emociones, el comportamiento y las relaciones familiares.
Para profundizar en estos temas, puedes consultar el canal Psicología: canales, vídeos y artículos | LlaveTV, donde encontrarás contenidos relacionados con psicología, emociones, conducta y bienestar.
Comprender cómo funcionan las emociones puede ayudar a las familias a interpretar determinadas situaciones desde una perspectiva más amplia.
La próxima vez que tu hijo diga «no»
Las rabietas y las protestas pueden ser uno de los aspectos más difíciles de la crianza.
Cuando un niño se enfada porque recibe un «no», los padres pueden sentir que están perdiendo el control de la situación. Sin embargo, la reflexión de Carlos González invita a plantearse otra cuestión: ¿estamos esperando que nuestros hijos acepten los límites de una manera que ni siquiera exigimos a los adultos?
Los niños pueden protestar y los padres pueden mantener los límites.
Ambas cosas pueden suceder al mismo tiempo.
La clave está en comprender que decir «no» forma parte de la educación, pero expresar «no me gusta» también puede formar parte del desarrollo infantil.
A medida que crecen, los niños van adquiriendo nuevas herramientas para gestionar la frustración, expresar sus emociones y comprender los límites.
Mientras tanto, el papel de los adultos consiste en acompañar ese aprendizaje con normas claras, expectativas realistas y una mirada que tenga en cuenta que un niño no es un adulto pequeño.