Los registros, popularizados a través de herramientas como relojes inteligentes y apps, permiten un mayor control para el cumplimiento de metas. Pero pueden convertirse en otra fuente de ansiedad de no ser flexibles, advierten los expertos
Inés Toledo puede presumir de llevar una vida saludable. Así lo dictamina su pulsera Fitbit, que ha convertido sus hábitos en una especie de Excel. En el informe de progreso semanal que recibe, y si no se quita el reloj ni para dormir, se puede observar que ha caminado una media de 12.303 pasos al día, ha subido 197 plantas, ha quemado un promedio de 2.315 calorías diarias, ha entrenado seis días y ha tenido un sueño reparador de 6:31 horas.
«Es mi talón de Aquiles. Por eso me gusta ponerme una alerta y que me avise cuándo debería ir a la cama. Mi objetivo es llegar, al menos, a las siete, pero pocas veces lo consigo», cuenta esta mujer de 37 años, que también controla su pulso al salir a correr para que el corazón no se dispare con el calor.
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Hay otras mediciones que le resultan menos útiles. Hasta le generan angustia. «Confieso que me pone muy nerviosa que me avise cada hora en el trabajo para que me levante y me mueva. Si al terminar la jornada no he caminado lo suficiente, parezco una loca moviéndome por ahí hasta ver mi estrellita del logro».
PESAR CADA COMIDA
Aitor Prada, de 34 años, es aún más activo. Compite en CrossFit y acude entre dos y tres horas diarias a entrenar a un box. El wod, entrenamiento del día en la jerga, y que suele tener varias letras de la A a la D, queda registrado en una aplicación donde anota los kilos levantados o si le ha metido «un ritmo de locos» al cardio en esos minutos, bromea.
Para aumentar su rendimiento ha contratado al nutricionista especializado en atletas deportivos Alfonso Carabel, jefe del Servicio de Nutrición en Olympia Quironsalud. Tienen reuniones mensuales donde le pesa, le indica su porcentaje graso y le propone una dieta para todo el mes, con sus «recenas» incluidas.
«Soy muy disciplinado. Intento seguir todo a rajatabla, a no ser que tenga un evento puntual, ya que estoy pagando a un profesional», explica. Si un mes, por ejemplo, ven que subiendo el volumen de entreno ha perdido grasa y peso, Carabel añade carga calórica. «¿Qué pasa si no lo hago correctamente? Pongamos que como muy mal un mes en lugar de lo que pone. Probablemente, suba mi porcentaje graso y eso sea una fiesta. Me vuelva a bajar la carga, yo me vea muy tapado y, al volver a hacer todo bien, en apenas dos semanas me voy a sentir muy cansado o que venga una lesión, y no porque la dieta esté mal hecha, sino porque he hecho lo que me ha dado la gana», justifica.
Por eso, si son 30 gramos de arándanos en el batido de proteínas, él toma los 30 gramos, aunque le sobren tres en la nevera. «No me genera ningún tipo de ansiedad. Es más, me da comodidad no pensar qué tengo que hacer de comer, aunque me ponga judías verdes, que no me gustan especialmente, yo me las tomo. Lo hago porque veo que estoy recuperando mejor y que no me levanto cansado, dentro de que yo no soy un atleta profesional y trabajo, así que no me puedo dedicar sólo a comer y entrenar».
También hay que vivir, manifiesta Prada. Y eso incluye algún desliz. «Si estoy de vacaciones puedo comerme un helado o si salgo con mis amigos a cenar, me tomo un brownie de postre, salsas o una cerveza sin problema. Pero hago el resto del 90% bien y, si no lo consigo una semana, trato de compensar la siguiente«.
BRECHA DE GÉNERO

No todo el mundo tiene esa buena relación con la báscula. Hay quien se pesa tras cada comida, cuenta cada caloría ingerida y se siente muy mal tras hacer un exceso, con un gran sentimiento de culpa y remordimiento. Lo corrobora María Puntí, docente y directora de la academia Integra Salud School (ISS), técnico de dietética con el máster Microbiota Humana (Tech) y doble titulación en Salud de Precisión + Nutrición, Medicina y Práctica Ortomolecular (SESAP). «No puedes evaluar lo que no puedes medir«, cuenta, pero en esto no hay una respuesta de blanco o negro, sino de grises.
«Hacer una dieta tan estricta puede servir para contextos deportivos. Yo tengo pacientes que son ciclistas o hacen triatlones y que necesitan conseguir llegar a un aporte de carbohidratos y proteínas exactos y cuadrarlos en el tiempo. En estos casos, para un buen rendimiento, sí es interesante». El problema lo observa en personas que no son atletas profesionales y simplemente lo hacen por estética o miedo a engordar. «En este contexto, sí que les puede crear un hábito tóxico al depender de las calorías y llegar realmente a tener un trastorno de alimentación que vemos tantísimo en consulta», alerta. Un patrón que observa Puntí en estos siete años de experiencia es la brecha de género. «Los hombres suelen llevar bastante mejor el traqueo de calorías, kilómetros, etc. No supone un problema para su salud mental. En mujeres, en cambio, sí suele ser más dañino».
A largo plazo, según la dietista, les conduce a acciones como no irse a dormir hasta que no cumplen el total de calorías quemadas, ansiedad por saltarse una comida, pensar que todo les va a engordar… Opina que hay una «mayor presión estética en la mujer» y que ellas viven inmersas en una cultura de la dieta que han mamado desde niñas. Puntí se pone a ella misma de ejemplo: registra en una app los pesos máximos en el gimnasio para motivarse y superarse. Sin embargo, contar calorías le produce estrés. «Todo depende de cómo te haga sentir: si disfrutas y te hace mejorar o el hecho de no hacerlo todo perfecto te impide disfrutar del día a día. Ahí sí veo un peligro innecesario».
DESCONEXIÓN CON EL CUERPO

Marcos Vázquez, autor de Fitness Revolucionario, también ve una dualidad cuerpo-mente a la hora de registrar parámetros de salud. «Sabemos que lo cognitivo y lo físico van íntimamente ligados y estas variables medibles tienen un lado positivo, porque nos hacen conscientes de cómo una mala noche de sueño nos afecta al día siguiente o cómo el estrés emocional afecta a nuestra concentración». Pero ojo, alerta, que medir todo tiene sus riesgos. «Nos desconectamos de nuestras sensaciones internas e instintos. Yo tenía un anillo que dejé de usar porque me fiaba más del gadget que de cómo me sentía».
Una app no puede ser la que nos diga cuánto y qué comer, asevera el divulgador de salud. «Medir da información que nos puede ayudar a entender y corregir hábitos, pero sin caer en el riesgo de desconexión de las sensaciones subjetivas». Caeremos en un error si nos centramos sólo en los datos, apoya Mercedes Montilla, experta en nutrición y dietética y coach de salud integrativa. «La presión por alcanzar objetivos perfectos puede llevar a una mentalidad de ‘todo o nada’, donde una pequeña desviación se percibe como un fracaso absoluto. Además, la dependencia excesiva de los dispositivos puede volver la experiencia en algo mecánico y menos intuitivo. Y esa desconexión produce un vacío interior».
No podemos perder de vista la importancia de un enfoque equilibrado y consciente. Medir regularmente la glucosa, leer etiquetas, registrar cada alimento consumidos y un sinfín de anotaciones más no es saludable para Montilla. «Me agobio sólo de pensar que tengo que controlar todo ello y además vivir». Aconseja establecer un número máximo de veces para meterse en una aplicación para comprobar cómo vas. «Si se convierte en una obsesión, no es salud». Y aboga por hablar más con nosotros mismos y menos con el smartphone o pulsera. Pregúntate cómo te sientes antes y después de entrenar. «Los datos son una herramienta, no un fin en sí mismos. En una pantalla no se ven los progresos, por muy grandes que sean, no te separes de ti».
CUÁNDO ES ÚTIL
El Apple Watch ya ha salvado muchas vidas, hemos visto en titulares de noticias registrados en distintas partes del mundo. La función de emergencia SOS fue clave en muchas de estas historias, detectando ritmos cardíacos irregulares, caídas o accidentes. Desde Amazfit se informa de que una simple alerta en el smartwatch puede prevenir problemas de columna y ahorrar visitas al médico. «Se estima que alrededor del 30% de las personas menores de 35 años ya experimentan estos problemas, y la cifra supera el 90% entre los mayores de 60 años. En Europa, los costes económicos y sociales causados por las discopatías ascienden a cerca del 1,5% del PIB». Esta compañía de wereables, perteneciente a Zepp Health, es capaz de aunar interesantes estadísticas por países a raíz de los datos de sus usuarios.
«El 41% de los españoles admite dormir mal. En este sentido, sólo los suecos obtienen peores resultados (49%). Cuanto peor dormimos, más débil es nuestro rendimiento y nuestra concentración. El cuerpo está aún más expuesto a las infecciones». Por eso creen que llevar a la muñeca la tecnología portátil y la inteligencia artificial (IA) puede brindar apoyo a las personas con trastornos del sueño.
Para personas con enfermedades crónicas, como la diabetes, controlar la glucosa es vital para prevenir complicaciones graves. Del mismo modo, quienes buscan perder peso pueden mantener así un buen enfoque que asegure un déficit calórico (ingerir menos calorías de las que se gastan) y la motivación. «Además, estos datos pueden proporcionar información valiosa para los médicos, permitiéndoles ajustar tratamientos de manera más precisa», asegura Montilla.
PERDER EL FOCO
Podemos registrar muchísimos parámetros de salud pero, ¿y si no sabemos interpretar los datos? «Contar calorías no te está enseñando a comer adecuadamente, ni a interpretar las señales de hambre y saciedad de tu cuerpo. Si en un menú hay que tomar «x» kcal, pero tú ese día tienes más hambre por el motivo que sea y decides que no te vas a pasar de lo que te corresponde, acabarás con un hambre atroz y algún antojo seguro. Esto igual puntualmente es llevadero, pero a largo plazo es insostenible y acabarás comiendo más de la cuenta», especifica Aina Candel, nutricionista y dietista.
El porcentaje graso aporta mucha más información que el peso y el índice de masa corporal (IMC), por ejemplo, pero Candel recalca que no es el único indicativo en el que hay que fijarse para saber si una persona goza de un estado de salud óptimo. Habría que valorar su porcentaje de masa muscular, agua y la grasa visceral. «Aquella que se encuentra en las capas más profundas del abdomen y que recubre los órganos. Se debería encontrar entre 1-9, valores mayores a nueve indican mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares, hipertensión, diabetes…». Aún más importante sería cómo se encuentra esa persona, qué nivel de actividad física tiene y qué come.
La densidad nutricional también es un valor más al alza que las calorías. «No nos aportan nada de información acerca de la calidad nutricional de ese alimento. Por ejemplo, un producto que sea bajo en kcal pero que esté elaborado con harinas refinadas, edulcorantes, grasas light, pero de mala calidad y que no sea saciante ni nutritivo».
En la consulta, esta nutricionista detecta una obsesión de las personas con el peso. «Aunque se les explique que no es lo más importante, sino cómo se desglosa: grasa, masa muscular, agua, etc. Sigue generando preocupación y, cuando no baja, se desmotivan muchísimo y algunos incluso deciden abandonar el proceso». Por eso evita lo máximo posible pesar a sus pacientes. «Sobre todo cuando veo que ponen el foco únicamente en eso y no en cómo se encuentran o qué mejoras han hecho a nivel de alimentación, digestiones, energía, etc».
DIFERENTES PERSONALIDADES
No todos somos iguales y hay muchas personas a las que, lejos de motivarles, les crea un trastorno que puede llevarles a conductas peligrosas para la salud mental, advierte Ana Arrechea, entrenadora personal y health coach creadora de The Peach Mode. «Personalmente, acudo a la báscula para medir mis macronutrientes cuando estoy en épocas que quiero conseguir objetivos estéticos o de rendimiento, pautados por mi nutricionista, Carmen Navarro. Y hago uso de mi reloj para ver mis pasos diarios. Como profesional, siempre hago un cuestionario a mis clientes. Si intuyo que tienen una mala relación con la comida, trastorno dismórfico corporal o desequilibrio severo en el sueño, no aconsejo recurrir a estas herramientas porque, a veces, puede agravar la patología», señala.
La entrenadora recomienda un orden en sus hábitos, que se planifiquen las comidas semanales, la hora a la que se va a la cama y que sean más activos. «El mayor logro es que puedan mantener un estilo de vida saludable y disfrutar de un cuerpo y mente sanos, sin sentir la necesidad de recurrir a elementos externos».
Juan Divas, psicólogo y dietista tras el programa Eat Fit Psiconutrición, detecta que la influencia de las redes sociales está generando que antiguos trastornos de la conducta alimentaria, como anorexia y bulimia, estén virando hacia la ortorexia (obsesión por la comida sana) y la vigorexia (obsesión por el estado físico), que se utilizan pero no son categorías diagnósticas de trastornos mentales.
«Esas chicas excesivamente delgadas y hasta demacradas de las revistas y pasarelas ya no son el canon reinante, que se está sustituyendo por un patrón fitness donde te ves fuerte, con un buen culo, una luchadora o guerrera… Y eso está llevando a que la línea entre la salud y la enfermedad sea muy delgada por un funcionamiento de la persona en el que observa todas sus comidas, entrena de más y tiene control sobre todo lo que hace«. Además, los algoritmos refuerzan nuestros sesgos de confirmación. «Si me obsesiona bajar de tiempo en 10 kilómetros y estoy estancado, seguro que los vídeos que me van a salir crearán un caldo de cultivo perfecto para machacar a nuestra psique y la construcción de la persona».
Hay quien es pragmático, capaz de seguir unos buenos hábitos a largo plazo, pero la mayoría se mueve en el cortoplacismo, afirma el psicólogo. «Quiero este resultado en el menor tiempo posible. Una tendencia a buscar la felicidad etérea, efímera e inmediata. Funcionan de una forma muy circular, se equivocan, vuelven a empezar la dieta, se estancan, se cansan, se desmotivan… A ellas, la medición de parámetros les llevan a referenciar sus dificultades de autoconcepto, emocionales, de percepción… Es una bomba de relojería. Por eso es importante que se entienda por qué se hace y para qué, de modo que no sea impuesto».
El cambio radical no funciona prácticamente para nadie, considera este dietista. «Si los registros se usan para que una persona aprenda, con una función regulada y objetivada para un fin, irán en su favor. De lo contrario, le van a crear malas pasadas y terminarán generando rechazo, dolor, frustración…».